Las cartas de Bernardo abad de Claraval y del papa Eugenio III dirigidas a Hildegarda de Bingen pueden ser leídas como un díptico que responde a la pregunta: ¿por qué “Doctora de la Iglesia”? La primera, ciertamente breve, pero muy sustanciosa, iluminada por el Espíritu Santo y fundada en la Palabra de Dios, en la que la tranquiliza y anima, afirma que la unción del Espíritu Santo, la devoción-adoración para con Dios, la humildad para consigo mismo y la caridad para con los demás, son los requisitos subjetivos necesarios para ser un teólogo monástico. En la segunda, confirmación eclesial del carisma y la misión de la abadesa, encontramos las claves objetivas: cristológico-pascual, eclesial-esponsal, pneumático-metodológica y monacal, junto con algunas dimensiones e instrumentos necesarios para ser una “auténtica maestra en teología”.
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