La Comuna de Paris, la primera revolución proletaria de la historia, fue ante todo la clara negación del Estado. Los organismos autónomos obreros nacidos en los momentos revolucionarios que les sucedieron -consejos, sindicatos revolucionarios, comités, asambleas- conservaron ese carácter, que apuntaba al fin de la separación entre dirigentes y dirigidos, a la disipación de los partidos, a la autogestión de toda actividad social. Era tanta la incompatibilidad con cualquier otra institución del pasado, que el Estado y sus auxiliares económicos y políticos únicamente pudieron recomponerse sobre el cadáver de la auto-organización proletaria. La historia de las revueltas obreras acaba siempre en derrota, pero esta nunca fue completa, tal como demuestra el resurgimiento de la democracia directa en cualquier protesta radical del presente. La autonomía es el indestructible legado de las revoluciones.
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