Ha sido reseñado en:
María Cristina Pascerini (res.)
Revista de Hispanismo Filosófico, ISSN 1136-8071, Nº. 21, 2016, págs. 323-326
La decadencia de la Monarquía hispana siempre se ha identificado con el reinado de Felipe IV y ese proceso histórico se ha interpretado desde planteamientos prioritariamente económicos y desde un punto de vista castellano, insistiendo en el retroceso militar que experimentó en Europa. Para justificar esta evolución, los historiadores no han dudado en acusar al monarca de ser un personaje abúlico y amigo del placer y la diversión más que del trabajo, extrayendo tales características, incluso, del semblante con que aparece en los numerosos retratos que le hizo el gran Diego Velázquez. En nuestra opinión, la interpretación que se ha dado al reinado es simplista y unidimensional. Por lo que se refiere a Felipe IV, defendemos que fue un rey burócrata como su abuelo (así lo testimonian los documentos), y la expresión de sus rasgos faciales bien pudiera ser fruto del sereno estoicismo y la espiritualidad radical (que el monarca practicó) ante la impotencia y soledad con que se tuvo que enfrentar a los duros problemas por los que atravesó la Monarquía. En este sentido, es preciso recordar que toda su vida se desenvolvió en la adversidad y nunca perdió la compostura humana ni tampoco la política en orden a mantener su Monarquía, lo que contradice la opinión de falta de voluntad. La decadencia de la Monarquía hispana se debe interpretar como una "crisis de identidad”. Ni cumplía ya la función que había tenido en sus orígenes (siglo XVI) ni defendía los proyectos políticos de las elites sociales que la habían fundado. Su configuración (basada en la agregación y yuxtaposición de reinos, que mantuvieron sus respectivas casas reales como núcleo de organización) resultaba ya inviable, pues la Monarquía se había forjado sobre el poderío de un reino (Castilla) con una organización cortesana extranjera (casa de Borgoña). Felipe IV fue consciente de que era imposible modificar esa estructura, por lo que trató de “reconfigurar” las cortes virreinales y sus relaciones con la corte de Madrid. Desde el punto de vista ideológico, la identidad con la que el conjunto de reinos y territorios que conformaron la Monarquía hispana, se presentó de cara al exterior estaba fundamentada en el universalismo de la religión católica ("Monarchia universalis"), basada en la tradición castellana, que el monarca aplicaba de acuerdo a sus intereses políticos y –si era preciso– sobre la jurisdicción eclesiástica. Durante el siglo XVII, el Papado consiguió subordinar la política de la Monarquía a sus intereses, imponiendo una religiosidad y una cultura dirigida por el pontífice, lo que inevitablemente produjo un cambio en su justificación: la "Monarchia universalis" se convirtió en "Monarquía católica". Esto significó el rechazo de los ideales castellanos por una tradición común con la otra rama de los Habsburgo bajo la devoción a la Eucaristía, como había querido su fundador el duque Rodolfo; es decir, la dinastía en su conjunto lucharía por la defensa de la religión católica (definida por Roma) sin que la Monarquía hispana obtuviera contraprestación material o conquista alguna. Tras la paz de Westfalia, Felipe IV (al igual que sus servidores) comenzó a darse cuenta de que el concepto de “Monarquía católica” carecía de contenido y de eficacia política. Es preciso recordar que la unión de la Monarquía católica y el Imperio ya no se consideraba una "comunidad política” ni tenía intereses y proyectos religiosos comunes. Ni siquiera Roma, cuando se refería a la Monarquía hispana, le otorgaba el contenido político y el significado religioso que había representado la Monarquía católica durante la primera mitad del XVII. El propio Emperador (la otra rama de los Habsburgo) no lo interpretaba ya de esta manera ni consideraba que, en unión con la rama de la dinastía de Madrid, constituían el baluarte de la Iglesia católica; es más, no estimaba a la Monarquía católica como un aliado de garantía en la lucha política.
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